Hasta que se instala en el Palacio de Versalles el 6 de mayo de 1682, el Rey obliga a la Corte a desplazarse con frecuencia. Luis XIV y sus cortesanos se alojan en el Palacio del Louvre y más tarde en las Tullerías, en los castillos y palacios de Saint-Germain-en-Laye, de Vincennes, Fontainebleau, y Versalles, en plena transformación. Los trabajos se confían a artistas como André Le Nôtre, Louis Le Vau y el arquitecto Jules Hardouin-Mansart. En 1678 comienza la construcción de la Galería de los Espejos, el mayor símbolo de poder de la monarquía absoluta. A ofrecer suficientes espacios como para alojar a los cortesanos, el Palacio y sus dependencias contribuyen a domesticar a la nobleza. Bajo la atenta mirada del Rey, los Grandes dejan de conspirar y residen en los ejércitos o en la Corte, atentos a complacer y a servir. Intimidante, majestuoso, al tanto de todo gracias a sus espías, el Rey domina.
Un Rey apasionado por las artes
Los centros de interés del soberano son muy variados y destaca en numerosos campos. Los contemporáneos reconocen sus dotes de buen músico -tocaba la guitarra-, de excelente bailarín y organizador de ballets, y de brillante jinete. Al Rey le gustaba la caza, el paseo, la esgrima, los espectáculos, los juegos de sociedad y, en particular, el billar. éste se rodea juiciosamente de los mejores artistas de la época entre los que se encontraban Molière, Lully o Racine. En la Palacio de Versalles hace que se representen sus comedias y óperas, y organiza brillantes fiestas.