Maestro en el arte de la guerra, Turenne es nombrado en 1660 Mariscal General de Campo y de los Ejércitos del Rey. Primero al servicio de Luis XIII y luego al de Luis XIV, Turenne se convierte, a lo largo de sus campañas militares, en el mejor comandante de tropas de su época. Y lo demuestra, en particular, frente al viejo enemigo del reino, España. A su muerte en el campo de batalla 1675, Turenne recibe todos los honores.
Conocido como el "mayor estratega militar antes de Napoleón", Henri de la Tour d'Auvergne, Vizconde de Turenne, participó en todas las batallas. Hijo de un mariscal, nacido en 1611, desde su juventud se inicia en el arte de la guerra. En 1629, sirve como voluntario en Holanda en el ejército de los Estados Generales, a las órdenes de su tío, el Príncipe de Orange Frédéric-Henri. Pero en sus estancias regulares en la Corte se gana los favores del Cardenal de Richelieu, Ministro de Luis XIII, y finalmente escoge Francia para continuar su carrera. Su nacimiento y sus grandes dotes le permiten acceder rápidamente a altos cargos militares.
A la muerte de Richelieu en 1642, Turenne traba amistad con su sucesor, el Cardenal Mazarino, al servicio de la Regente y del jovencísimo Luis XIV. En 1648, consigue que Fernando III firme la Paz de Westfalia, que pone fin a la Guerra de los Treinta Años. Esto supone una nueva victoria para el Vizconde. Sin embargo, durante el agitado período de la Fronda, decepcionado por sus recompensas que considera demasiado modestas, toma partido por los insurgentes. Pero en 1651, se alía con la Regente y triunfa sobre el Príncipe de Condé. En 1659, impulsa el Tratado de los Pirineos que pone fin a la guerra franco-española. Al año siguiente, es nombrado Mariscal General de los Campos y Ejércitos del Rey, Coronel General de Caballería Ligera, Gobernador del Lemosín y Ministro de Estado.
Antes de morir en 1675, herido por una bala de cañón, se encarga de la formación militar de Luis XIV y reestructura el ejército. El Rey ordena que sea enterrado en la basílica de Saint-Denis. En el siglo siguiente, Napoleón desplaza sus restos a la necrópolis de Los Inválidos.