Tras Génova y Siam, la embajada de Persia fue la tercera y última recibida por Luis XIV en la Galería de los Espejos. El Rey despliega entonces una última manifestación de su fasto. ¡Qué comitiva más extraña!
El 19 de febrero de 1715 a las 11h00, Mohamed-Reza-Beg, extraordinario embajador, hace su entrada a caballo en el Palacio con su séquito, acompañado por el introductor de los embajadores y el general de los ejércitos del Rey. El gentío había invadido la avenue de Paris y los patios para asistir a la llegada de esta exótica embajada. En la Galería de los Espejos se habían montado cuatro filas de gradas para instalar a los cortesanos. Sólo los más ricamente ataviados podían entrar. En la galería no cabía ni una aguja. Muchos extranjeros también estaban presentes. Al fondo, el Rey, en su trono, estaba rodeado por el futuro Luis XV y su institutriz, Mme de Ventadour, el Duque de Orleáns y los Príncipes de sangre. El pintor Coypel y Boze, Secretario de la Academia de Inscripciones, se encontraban en la parte inferior del estrado para inmortalizar ese momento.
Cuidando su imagen, Luis XIV iba vestido con un traje negro y dorado cubierto de diamantes, valorado en un total de 12.500.000 libras. ¡Una cantidad astronómica! El traje pesaba tanto que el Rey tuvo que cambiarse después de la cena. Su círculo nada tenía que envidiarle: el Delfín iba también cubierto de pedrerías. El Duque de Orleáns iba vestido de terciopelo azul bordado, cubierto de perlas y diamantes. El Duque del Maine y el Conde de Toulouse, hijos legítimos del Rey, llevaban respectivamente un aderezo de diamantes y perlas, y un aderezo de piedras preciosas.
El embajador entra en la galería, acompañado del intérprete. Simulando comprender el francés, se muestra descontento con la interpretación. Tras una larga audiencia, asiste a la cena organizada en su honor. El embajador se marcha de Versalles tras haber visitado al joven Luis XV, al que había tomado cariño.
El interés de esta embajada es de lo más incierto. Una vez en París, el 7 de febrero, Mohamed-Reza-Beg no cuenta, según Saint-Simon, con ninguna acreditación. El Rey le ha recibido, convencido de su calidad de embajador. Y lo ha alojado en la ciudad, en casa de su primer ayuda de cámara, Bontemps. Su séquito es de lo más mediocre, al igual que sus presentes para el Rey. ¡Se trataría, según cuentan, de un simple intendente de provincias que habría venido a aparentar por su cuenta! El Rey lo recibirá por última vez el 13 de agosto. Este será su último acto diplomático. En 1721, la embajada servirá de pretexto a las Cartas Persas de Montesquieu.