Iniciada en Versalles en mayo, la Revolución Francesa termina en octubre su primer acto con la marcha del Rey. El mito de Versalles se extingue tras un siglo de presencia real. París vuelve a ser la capital del reino. Se pasa una página de la Historia de Francia.
Desde la apertura de los Estados Generales en mayo, los ánimos se caldean. La Bastilla es tomada el 14 de julio. En este clima eléctrico, el banquete de la Guardia de Flandres, el 1 de octubre, en la ópera Real, se considera como la última provocación de la monarquía.
Los guardias personales deciden organizar un banquete para honrar la llegada de un nuevo regimiento, el de Flandres. Una suntuosa mesa de 210 cubiertos se ponen en el patio de la ópera. El vino corre a raudales. Los brindis se suceden en honor a la familia real, que es aclamada al hacer acto de presencia. La orquesta toca "O Richard, O mon roi" de Grétry. La familia real baja entonces sobre el escenario. Estas ruidosas demostraciones de fidelidad monárquica despiertan la ira de la capital. Las gacetas transforman el banquete en una orgía, cuentan que la cocarda tricolor fue pisoteada y que algunos llegaron incluso a volverla del lado blanco, símbolo del Rey. ¡Organizar un banquete cuando el pueblo está hambriento es el colmo! Marat, Danton y Desmoulins hacen un llamamiento para marchar sobre Versalles.
El 5 de octubre, un cortejo de mujeres acompañado de unos cuantos hombres se desplaza hasta el lugar. Mientras tanto, el Rey caza en Meudon y la Reina pasea por Trianón. La noticia de la marcha se extiende por la ciudad. Se cierran las verjas del Palacio. La Reina, sobre aviso, se retirar a sus aposentos. A su regreso, el Rey confía su defensa a La Fayette, que despliega a sus hombres por la place d'Armes. Llegado al lugar a las doce y media de la noche, el gentío calado por la lluvia no conseguirá invadir el Palacio hasta las seis de la mañana. Para ello fuerza la verja del Patio de los Príncipes y penetra en el aposento de la Reina a través del Patio Real. Despertándose sobresaltada, María Antonieta baja al encuentro del Delfín y luego se refugia con el Rey. Agolpado en le Patio de Mármol, el gentío reclama su aparición. Luis XVI promete darles pan y desplazarse a París.
A la 1h25, el cortejo real abandona Versalles. Durante el trayecto, el gentío declara traer "al panadero, a la panadera y al aprendiz de panadero". Al partir, Luis XVI le pide a La Tour du Pin, Ministro de la Guerra, que "cuide de su pobre Versalles", convencido de que regresaría. Por desgracia, su partida sería definitiva. El Palacio dejará entonces de ser la residencia de los reyes.